Carmel como caramelo
viernes, 22 de julio de 2005

Como dice Eduardo Galeano en uno de sus cuentos: “el mundo es un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.”

Uno de estos fueguitos serenos, casi invisibles, pero que arde con muchas ganas y brilla con la luz fuerte es Carmel, una muchacha colombiana que conocí algo como un año atrás. Su verdadero nombre y apellido es Carmen Cañas, pero por no escuchar muy bien o por perder la última consonante, lo asocié con un caramelo y así se quedó para mí: Carmel.

Recuerdo que estuve sentada con mi croissant de almendras en la Panadería Francesa de enfrente de la casa en la Candelaria y ella me sirvió el café con espumita que tanto me gusta. Trabajaba como mesera en la panadería junto con otra muchacha, nuestra vecina, Orfa.

CarmenUnos días después estaba buscando a alguien que me ayudara a limpiar la casa y Orfa me referenció a Carmel. Vaya sorpresa cuando al día siguiente veo la misma muchacha de enfrente llegando a mi casa para apropiarse de la escoba, esponja y todos estos jabones de colores y olores de todo tipo que preparé en la mesa para que el apartamento brille de limpieza.

Una morenita, costeña, de pelo crespo, siempre recogido en una colita, de baja estatura, muy tímida. Casi no hablaba, pero desde el primer día me llamó la atención su honestidad enorme, buen corazón y los ojos de café, muy brillantes e inteligentes; ojos de una observadora perspicaz que sabe reconocer a la gente a primera vista. Desde esta época Carmel se quedó con nosotros convirtiéndose en una familiar muy apreciada y respetada. Ella es la que nos cuida las plantas cuando salimos, ella es la que consigue el eucalipto para que la casa huela al bosque andino, ella nos regala las trufas francesas como ñapa por subir a la cumbre del monte de la Candelaria para desayunar los fines de semana.

A ella le dediqué el agradecimiento de mi libro “Diario de café”, porque fue una de estas personas de carne y hueso, una colombiana verdadera que día tras día lucha por su futuro mejor, que no teme los obstáculos de la vida y que sabe lo que quiere… Carmel, para ti mis mejores deseos el día de tus 26 cumpleaños y gracias por enseñarme la verdadera cara de Colombia.