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miércoles, 11 de mayo de 2005 |
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Abrazados en la hamaca, admirábamos la recia tempestad de nuestro trópico. Aquella tarde en que llovió también tu carita de cielo, primer cumpleaños lejos de tus padres […] La lluvia continúa y sus relámpagos parecen recordarme cómo nos ciega a veces el resplandor de nuestra propia suerte.
/Claudio Gómez, Relámpagos/
Me despertó el ruido de las gotas que caían en el techo de lata que cubría el balcón. Fue una de estas tormentas tropicales tan diferentes a las que conozco. Las gotas son enormes y pesadas, llenas de agua.
Acá llueve tempestuosamente, llueve como solo en el trópico puede llover en la época de invierno. La tormenta llega inesperadamente en el medio del día asoleado, cuando nadie la espera. Llueve para renovar todo, para hacer crecer el musgo en las piedras y en la piel de los hombres, para limpiar las calles para llevarse el polvo rojo.
La lluvia es muy intensa, pero corta. Dura unos minutos y moja de pies y cabeza todo lo que encuentra en su camino: a la vendedora de aguacate, al grupo de niños que regresan del colegio vestidos en los uniformes igualitos, al muchacho que sale de paseo con los perros en los barrios costosos y elegantes, al vendedor de “minutos al celular” (fenómeno de personas con celulares que se paran en las esquinas de las calles para ofrecer las llamadas telefónicas mucho más baratas que las realizadas de su propio celular), a la vendedora de los cigarrillos sueltos, chicles y panelitas. Llueve para que el vendedor de paraguas tenga oportunidad de vender su mercancía.
Después de la tormenta tropical siempre sale el Sol, también tropical que en unos minutos seca las calles y todo regresa a la normalidad.
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