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Granizo y nieve en el trópico PDF Imprimir E-Mail
viernes, 17 de marzo de 2006

Siempre he creído que cuando uno piensa mucho en algo y lo quiere demasiado, es muy probable que el sueño se le vaya a cumplir. A mí me pasó varias veces, pero esta vez fue absolutamente increíble.

Cada uno de nosotros cuando escucha la palabra trópico, inmediatamente se traslada a la playa, ve las olas que abrazan la arena, las palmeras, fruta exótica y calor… demasiado calor. A la cabeza nos vienen los bikinis bien descubiertos, hamacas de colores y el coco loco con pitillo.

Seguramente la mayoría de mis compatriotas así pintaría en trópico. De hecho, muchos de mis amigos después de varias explicaciones de que Bogotá a pesar de que está situada en el clima tropical, se eleva en una altura muy grande de 2.300 metros sobre el nivel del mar (el pico más alto de Polonia son Rysy con 2499 metros) y que aquí no hay estaciones de año y realmente no hace mucho calor, cree que todos los días me pongo sandalias y minifalda.

Recuerdo que cuando estaba empacando la maleta para Colombia, mi mamá me aconsejó llevar una chaqueta roja, cortica, pero acolchada. Yo, riéndome le dije que cómo se le ocurría, que allá haría un calor y que dónde me voy a poner esta chaqueta. Dos días después ya sabía dónde. Por la noche en Bogotá la temperatura baja a 5 grados, de la montaña cae el viento helado y una chaqueta, una bufanda y guantes es lo mejor que uno se puede poner.

De todas formas, este clima de las tardes y noches bogotanas no es lo mismo que el invierno en Polonia. A mí me encanta esta eterna primavera de Bogotá, el color verde por toda parte a lo largo de todo el año, pero también las estaciones me hacen mucha falta. Extraño la primavera, mis castaños que se despiertan en marzo y empiezan a echar brotes; extraño el verano, los campos cubiertos de colza de color amarilla y amapolas rojas; extraño el otoño y los paseos al bosque con mi abuelo para recoger las setas (boletos amarillos, ásperos, rebozuelos), hojas de mil colores que caen al suelo y uno puede echarlas al aire. Pero lo que más añoro es el invierno, con nieve, temperaturas bajo cero, cielo azul, montañas cubiertas de pinos, la nariz roja y guantes de lana de dos dedos.

Este año la falta de nieve me ha dado muy duro, porque decidí quedarme en Colombia para la Navidad y no viajar a mi casa en Polonia. Lo pasé muy rico por aquí, pero el invierno me ha hecho mucha falta. Estaba pensando tanto y tanto sobre la nieve que creo que llamé este clima polaco a Bogotá.

Ayer por la tarde, el cielo se puso negro y de un momento a otro empezó a caer un granizo terrible. En unos minutos, los andenes se cubrieron de hielo y la carretera se convirtió en una pista por la que pasaban los carros asustados, no acostumbrados a correr sin resbalarse. Los techos lucían igual a los techos polacos en enero. Las mujeres aterradas se quedaban en las ventanas pensando cómo van a salir de las oficinas en sus zapatos de tacones para no caerse y no perder los dientes.

Este día me di cuenta de que en esta vida todo es posible, hasta invierno con nieve y granizo en el trópico colombiano. Basta solo quererlo mucho y soñar, soñar, soñar…

Abajo, el fotorreportaje y la demostración de lo que realmente pasó:

Granizo















Granizo















Granizo















Marthica en el granizo















Granizo (Vista desde Casa Polaca)















Ewa en el granizo














 
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