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La mañana bajó desde los cerros PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 27 de julio de 2005

A las 7h30 de la mañana, después de varios timbres repetidos del despertador me tocó levantarme definitivamente. Me fue aún más difícil salir de las cobijas, cuando me di cuenta de que afuera el mundo estaba gris y mojado… Los colombianos suelen decir que a pesar de que viven en el trópico, tienen dos estaciones del año: verano e invierno. Cuando hace sol, es verano; cuando llueve, es invierno, independientemente del mes. Fácil y práctico.

Por la ventana vi que estaba lloviznando. De todas formas, bajé en mi chaqueta roja y muy positiva a la calle que estaba triste, pero eso no le impedía verse atractiva. El andén se volvió resbaloso y mis botas negras de charol empiezan a bailar sobre él como en una pista de baile profesional.

Y como canta en su canción Gustavo Adolfo Renjifo, “la mañana bajó de los cerros […] y se vino caminando […] entre los callejones”. Las montañas se veían envueltas en una delicada, pero densa neblina. La calle respiraba muy profundamente y el vapor se pegaba a los cristales de los ventanales de las casas coloniales. En estas ventanas la gente con un solo dedo dibujaba los sueños que pronto se evaporaron junto con el primer rayito del sol que se despertaba en su cueva detrás de la montaña, al pie de la Virgen de Guadalupe.

Por las ventanas del autobús que corría por la Carrera 7 observaba como poco a poco la neblina empezaba a levantarse, descubriendo de su sueño matutino “las montañas, madres inmensas con vestidos verdes y largas trenzas”.

 
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