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Leyendas de Colombia
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Balsa muisca – símbolo de El Dorado PDF Imprimir E-Mail
martes, 01 de marzo de 2005

Una de las culturas precolombinas muy interesante en la que el oro cumplía un papel fundamental y que dio origen a la famosa Leyenda de El Dorado fue la cultura muisca.

Laguna_GuatavitaUna de las leyendas cuenta que hace más de cuatrocientos cincuenta años, en las orillas de la laguna de Guatavita, se asentó el gran cacique Chibcha y su joven y hermosa esposa, conocida como La Cacica de Guatavita. La mujer cansada de las orgías y borracheras con chicha (bebida alcohólica de maíz fermentado) de su esposo, se enamoró de un guerrero.

El esposo al enterrarse de las relaciones sexuales de su la Cacica, ordenó matar al guerrero y servir sus entrañas a la mujer en el banquete. En medio del dolor, deshonra y gran afrenta, la Cacica de Guatavita, huyó con su hija recién nacida y se lanzó a las aguas de la laguna, ahogándose en ellas. El Cacique, informado del trágico suceso, perdonó la infidelidad de su amada esposa y desde entonces comenzó el ritual de ofrecerle oro, esmeraldas, plegarias y oraciones para que ella desde el fondo de la laguna interviniera para solucionar las necesidades y cuidar a su pueblo.

Hay varios cronistas españoles que describen este ritual. Todos mencionan siempre al hombre de oro, pero la narración más seria y probable proviene de Rodríguez Freyíe, que la escuchó de su amigo Don Juan, sobrino del último señor independiente de Guatavita. Cuenta Rodríguez Freyíe que la ceremonia en la laguna de Guatavita estaba relacionada con el nombramiento del nuevo príncipe (cacique). Antes de tomar posesión, lo encerraban en una cueva, sin mujeres, sin sal y pimienta. Luego, como dios y señor tenía que ir al Lago Guatavita a hacer ofrendas y sacrificios al demonio. En la orilla se colocaban cuatro braseros encendidos, en los cuales se quemaban: moque (incienso indígena), resinas y otros perfumes para que el humo que salía ocultara la luz del día.

Oro_muiscaAl mismo tiempo, los sacerdotes desvestían al cacique le ungían con una masa pegajosa de tierra en la que había oro en polvo. Luego, el cacique subía a la balsa y a sus pies se colocaban cantidades oro y esmeraldas. En la balsa se sentaban también los cuatro principales jefes desnudos y adornados con plumas, coronas, brazaletes, colgantes y pendientes de oro y cada uno llevaba su ofrenda. Cuando la balsa dejaba la orilla empezaba la música, con pitos, trompetas, flautas y cantos hasta que la balsa llegaba al centro del lago. Entonces se alzaba una bandera en señal de silencio.

El señor de Guatavita se arrojaba al agua, salía y tiraba a la laguna sus ofrendas. La balsa regresaba hacia la orilla, comenzaba la fiesta en honor al nuevo heredero reconocido como jefe y príncipe hasta su muerte.
Esta leyenda despertó la fiebre por el oro y dio origen a una frenética campaña de conquista en busca de los tesoros.

Balsa_muiscaEn 1856 se encontraron en el territorio colombiano numerosos objetos, entre los que sobresalía una balsa de oro, de aproximadamente 10 centímetros de alto y 19 centímetros de largo, sobre la que aparecían un cacique y diez hombres en actitud ceremonial, lo que confirmaba la existencia del mítico ritual. La balsa muisca se puede contemplar en el Museo del Oro de Bogotá. La visita al museo culmina con un acto ritual que nos traslada a un tiempo en el que realidad y mito van de la mano. En pequeños grupos, se entra a una cámara donde las luces están apagadas. En un momento comienzan a oírse cantos rituales, la luz se hace más intensa, mientras los múltiples objetos de oro deslumbran. Estamos en la laguna de Guatavita. El cóndor vuelve a planear sobre los Andes, el hombre jaguar nos acecha, la serpiente desliza su cuerpo escamado hacia nosotros y el cacique hace su ofrenda a los dioses.

El oro como el metal sagrado, receptor de la energía del sol, estrella que da vida y la fuente de fertilidad, fue la ofrenda religiosa suprema y símbolo de prestigio de los líderes de las comunidad precolombinas. Los objetos de oro encarnaban un profundo contenido simbólico. Para los conquistadores el oro era una fuente de riqueza incalculable, de poder y de vanidad. Los conquistadores españoles finalmente no encontraron El Dorado, pero sí otros tesoros de oro: máscaras, vasijas, aretes, figuras humanas y de animales, la mayoría de las cuales fueron fundidas. De las que se salvaron, 30.000 permanecen en el Museo del Oro de Bogotá y 1581 en treinta y tres museos de Europa y los Estados Unidos.

 
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